Mientras sus
pequeñas manos recorrían mis cicatrices me preguntó:
-
¿Te duelen? Parecen caminos de duendes borrachos
Aquella mirada
llena de amor, que se moría; me hizo reír. Sus dedos con olor a crema de farmacia
y ese ambiente de hospital se transformaron:
Miko y Moki
eran dos duendes que habitaban en mundo Mandarina, todos los días debían hacer
el mismo recorrido. Porque en Mandarina cada uno, tenia su función nadie, nadie,
podía cambiar los pasos, de lo contrario; su hábitat se vería amenazado y con
ello su propia vida.
Un día Miko, le
pudo la curiosidad y salió de su camino, observando que Mandarina, era una entre un millón de posibilidades divertidísimas,
sin pensarlo; arrastró a Moki hasta los confines de lugares insólitos para
ellos. Pero tan entusiasmados estaban, que no vieron el peligro ¡Un gigante
peludo, atrapó sus pequeños cuerpos y les cortó los pies!
Asustados
regresaron a mundo Mandarina, allí todos les esperaban con tristeza creyendo,
que su imprudencia les costó su función en la vida: no poder recorrer sus
caminos una y otra vez y por tanto, su felicidad. Pero Miko y Moki no se rindieron
y se hicieron unas alas con el pelo del gigante que le habían arrancado.
Como ya
conocían lugares lejanos de gigantes y entes peligrosos, se sentían a gusto en
su mundo y viendo sus caminos inacabados e imperfectos; reían desde el cielo “pues
les parecían de duendes borrachos” Los demás, desde el suelo, solo podían
pensar en la pena que sentirían Miko y Moki mientras les veían volar.
La niña que
escuchaba mi relato, se sabía feliz, a pesar de las miradas de pena de los
demás.
¡Ahora vuela!
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